
Una de las destrezas más admirables en cualquier periodista es la capacidad de filtrar argumentos, vengan de donde vengan, y ofrecer a sus lectores información equilibrada que les permita tomar decisiones razonables. Esta destreza forma parte de la educación que las mejores escuelas de periodismo imparten a sus estudiantes, al menos en USA, para prepararlos a ser objetivos y “avergonzar al diablo”.
Esta destreza está alarmantemente ausente en la prensa española, y me temo que esto se debe a que los periodistas españoles no reciben suficiente formación en la disección de argumentos, en pensamiento crítico. Se tienen que buscar la vida. Sospecho que la enseñanza periodística española se centra más en teoría y estilo. Pero “reportar”, en USA, más que “transmitir, comunicar, dar noticia”, es también eso: “Refrenar, reprimir o moderar una pasión de ánimo o a quien la tiene” (DRAE).
Una “pasión de ánimo” la tiene cualquiera, pero cuando la comunica a la prensa y ésta la transmite sin filtros, o de manera partidista, se convierte en pura propaganda. La prensa española funciona con pura propaganda fide, orientación quizás inmediatamente útil en términos de circulación y de ingresos, pero perjudicial a largo plazo en términos de credibilidad y servicio público.
Y los políticos, los gurus del marketing, los relaciones públicas lo saben y abusan de ello. En España, si quieres engañar a la gente, debes saber qué medios van a comprar tu mercancía, algo bastante fácil (los medios españoles se perfilan - se venden - con asombrosa claridad), y cómo estructurar tus argumentos (o tus falacias).
La estructura de los argumentos que pululan por la prensa española es bastante fácil de detectar. Los medios funcionan con un sensacionalismo barato que no demuestra la mínima intención de ser objetivo, y se ven recompensados por un público que aplaude el partidismo (el que piensa como tú, es “un profesional”, y el que no comparte tus ideas es un “extremista vendido”). Un círculo vicioso bastante infantil. Lo que vale (lo que vende) es la crítica destructiva y la negatividad.
Es asombroso ver cómo los portavoces de todos los partidos españoles recurren obsesivamente a argumentos claramente falsos, usando demagogia que en cualquier país moderno sería el chiste del día. El nivel del discurso público y político en España es lamentable, y los periódicos, los periodistas, en lugar de denunciarlo y desmontarlo, rechazan o aceptan estas idioteces según sus propios intereses (o los de los “amos” de su empresa). La estrategia básica de los argumentos publicados (y públicos) en España se puede reducir a la falacia del hombre de paja.
Toma un argumento, distorsiona la posición de tu adversario, exagera su retórica y ataca a la versión manipulada, no a la versión original o implicada. Zapatero, hoy, para la prensa afín: "No permitiré que (Rajoy) niegue los derechos a ninguna familia". O Rajoy, ayer, para la suya: “Zapatero se ha olvidado de la gente”. ¿Se pueden decir idioteces mayores?
“No necesitamos construir un puente hacia el pasado, necesitamos construir un puente hacia el futuro”, dijo Bill Clinton en 1996. Bien, esta idiotez sirve de ejemplo para la falacia del hombre de paja en estudios científicos modernos. El caso es que este tipo de argumento puede funcionar aunque no tenga peso evidencial, y aunque no haya refutado el argumento original del oponente. Por eso la imparcialidad y la objetividad de la prensa, el medio transmisor, es tan importante en sociedades democráticas.
Claro, en España, como en cualquier país, existen periodistas profesionales dotados de pensamiento crítico y totalmente competentes. El problema es que no suelen tener muchas oportunidades de demostrarlo, o al menos no de manera puramente objetiva: sólo si lo haces para desmontar al “enemigo”.
En España, está claro, el enemigo debería ser el partidismo, la ignorancia, lo que nos divide y nos prohibe ser independientes, porque la democracia necesita la objetividad como agua en el desierto. Y si la prensa no funciona para arbitrar entre las demagogias de los aprovechados sinvergüenzas, todos ellos, el interés público se seguirá viendo seriamente amenazado. La objetividad periodística, la credibilidad, es un deber cívico.
