
Estoy escuchando el primer partido de la serie Boston vs. Montreal de la liga nacional de hockey sobre hielo (WBZ Bruins Radio Network – a través de NHL.com). Nacional es un decir (USA y Canadá). Boston acaba de marcar (Phil Kessel). Esta rivalidad es una de las más emocionantes existentes, y me lo estoy pasando pipa (literalmente: Pipas G; Grefusa, un auténtico vicio).
Esta rivalidad entre Boston (The Hub of the Universe), y Montreal (Les Habitants), que comenzó con los Original Six (Boston, Montreal, Toronto, New York, Detroit, Chicago) surgió de manera natural, entre equipos de habla inglesa y francesa de ciudades a una distancia de seis horas en coche, en lados opuestos de la frontera. Boston se ha adelantado 2-0 (Dave Krejci) y Montreal acaba de marcar también (Chris Higgins), 2-1.
Estas series de playoffs para la Stanley Cup son pura dinamita, especialmente porque este deporte es tan honesto y tan veloz. Un deporte en el que el pundonor, la destreza, el orgullo, la garra y, también, la violencia, son auténticos. Aquí nadie finge estar lesionado, nadie pierde tiempo, nadie se tira a la piscina. Eso sería perder el honor. Hay picardía, eso sí, pero perder cara en el hockey es imperdonable.
Imperdonable sería también que un tío de casi dos metros de altura (como Zdeno Chara, capitán de los Hubs, por ejemplo) arremetiera de manera excesivamente violenta contra uno de los pequeños y habilidosos (Saku Koivu, capitán de los Habs, por ejemplo). En el hockey se respeta lo razonable. Abusar de tu tamaño o de tu poderío es inaceptable. Aprovecharse con astucia y destreza es aceptable, abusar, nunca.
Para policiar esas situaciones de abuso, cada equipo tiene, literalmente, policías, como Georges Laraque (Montreal) y Shawn Thornton (Boston), listos para liarse a hostias para defender el honor de sus compañeros de equipo y espolearlos a asumir la agresividad necesaria para asegurar la victoria. Estas peleas, totalmente legales y totalmente anticipadas, a veces también totalmente brutales, son una parte esencial de este deporte, porque sirven como válvulas de escape para la adrenalina que de otra manera se manifestaría en violencia con malicia y sin control.
Por eso, cuando los chicos necesitan pegarse, los árbitros les dejan. Luego los castigan (5 minutos, 10 minutos, expulsión, según las circunstancias), pero esto forma parte de casi todos los partidos, la gente lo anticipa con emoción, y existen normas de etiqueta muy marcadas: Si quieres pegarte con alguien, lo avisas, cada uno se quita los guantes, los árbitros les dan espacio, y a fajarse.
Ha habido peleas, especialmente históricamente en esta rivalidad entre Boston y Montreal, verdaderamente espectaculares, con peleas por todo el hielo, con hasta diez tíos dándose puñetazos, en parejas (si se mete un tercero, es sumariamente explusado) hasta que uno de ellos toca el hielo con la rodilla o cae de espaldas. Esto también es sagrado: Cuando uno de los dos toca el hielo con la rodilla o cae, la pelea ha acabado. Sería imperdonable aprovecharse de alguien que ha cedido la victoria. Entonces entran los árbitros y los separan.
Pelear sobre el hielo es un arte, y también un martirio. Lo digo por experiencia. Normalmente la pelea comienza con los dos buscando una oportunidad para dar el primer golpe en la cara del oponente, deslizándose de manera amenazante hacia el otro con los puños en alto, y una vez que alguien tira el primer puñetazo, ya se ha liado. Cada uno tira golpes hacia la cara del otro con una furia incontenible, violentamente intentando reventar al otro, manteniendo el equilibrio sobre el hielo, agarrándose uno al otro sin parar de buscar la oportunidad de golpearle, en la cara, en la cabeza.
Las piernas y los pulmones te empiezan a arder, sientes el dolor y ves tu sangre (o la del otro) sobre el jersey, pero en este deporte, arrugarse es de cobardes. Si pierdes, tienes que perder con honor. Sangre por sangre. Hostia por hostia. Hasta que alguien gane claramente, como he dicho antes, o la pelea se termine por agotamiento, abrazados, sangrantes, exhaustos, y entonces los árbitros intervienen y los separan.
Estas peleas suelen explotar entre dos tíos de peso y tamaño parecidos. No hay nada peor que ser acusado de aprovecharte de alguien que no puede razonablemente defenderse. Pero a veces, hay tíos pequeños que son toros, auténticos ciclones, y que especializan en fajarse con tiarrones que pesan mucho más. Eso es espectáculo. Eso es competición. Eso es valentía.
Los mejores en el hockey son los canadienses, los estadounidenses, los checos, los finlandeses, los suecos, los rusos, los eslovacos, los bielorrusos. Hace pocos años, los europeos no tenían la misma agresividad que los norteamericanos, pero últimamente esa diferencia ha desaparecido.
Hay algo noble y políticamente incorrecto en el hockey que lo convierte en un oasis de normalidad en este mundo de pensamiento basura y progresismo descerebrado. ¡Violencia No! En serio, los chicos van a ser chicos. Intentar neutralizar la combatividad y la competitividad naturales entre hombres es un concepto estúpido. La selección natural es parte de lo que nos hace humanos. El problema no es la violencia, el problema es abusar de los demás, de los más débiles, y en el hockey, eso se castiga.
Empatados. Alexei Kovalev acaba de marcar. Collons. Quedan 20 minutos y todo el mundo se pone nervioso. Excelente momento para romper la tensión con una buena altercación. Go B’s! Kick some ass! (Hecho).
Final: 4-2, Boston, goles de Zdeno Chara y Phil Kessel. Fuckin' A, way to go.