
JOHN A. BARGH es profesor de psicología social en Yale University y director del Laboratorio ACME (Automaticity in Cognition, Motivation and Evaluation).
Entrevista por Russell Weinberger, Associate Publisher, Edge.
Publicada en edge.org.
[JOHN BARGH:] Bueno, tenemos una trayectoria hacia abajo, siempre hacia abajo, intentando encontrar causas simples, básicas y con grandes efectos. Buscamos cosas simples –nunca cosas complicadas- procesos o conceptos simples que entonces tengan efectos profundos, y estamos en el mejor momento que yo recuerde para este tipo de investigación porque todo el mundo está demostrando experiencias físicas. Experimentamos con café caliente y frío, que es un buen ejemplo de este tipo de efecto incorporado. Pero existen otros –textura y distancia y experiencias físicas de todo tipo están apareciendo en conceptos psicológicos y sociales.
Dicen que en la ciencia existen complicadores y existen simplificadores, y esta es una buena tensión para cualquier campo de ideas, o ciencia. Yo siempre he sido un simplificador –busco los mecanismos simples que producen efectos complejos, en vez de construir un modelo complicado. Cuando encontramos una de estas vetas –una de estas avenidas de investigación- vamos a por todas y la minamos y minamos hasta que se nos agota el oro.
Hemos descubierto una nueva veta de investigación –la relación entre conceptos físicos y sociales o psicológicos- a la que llegamos tomándonos ciertos principios evolutivos con seriedad y aplicándolos a la psicología. No estábamos usando la psicología evolutiva, que en gran medida se ha enfocado en apareamiento y reproducción. Nuestro enfoque, más bien, fue en términos de biología evolutiva y los principios básicos de la selección natural: y este campo demuestra que los humanos debieron de haber tenido estos tipos de mecanismos o estos procesos para guiar nuestro comportamiento antes de la evolución o de la emergencia de la consciencia.
Estos sistemas inconscientes son, pues, los sistemas psicológicos más básicos y fundamentales que poseemos. Antes de que fuéramos capaces de decidir sobre, o ser conscientes de, o concebir, el pasado o el futuro, éramos capaces de hacer lo correcto para sobrevivir. Si tomas este simple principio de manera muy seria, te ayuda a explicar lo que hemos descubierto en nuestro campo de investigación durante los últimos 20 o 30 años –cosas extrañas que nadie podía aceptar fácilmente porque iban en contra de la idea de que controlamos conscientemente todo lo que hacemos, especialmente en términos de comportamiento y decisiones importantes. Todo lo que hemos hallado apunta hacia la conclusión de que no estamos bajo tanto control consciente.
Los procesos inconscientes producen influencias sobre nuestro comportamiento y nuestras decisiones debido a la interacción entre distintos procesos cognitivos. Cómo formamos preferencias, gustos y aversiones; qué estamos motivados a hacer y los propósitos que tenemos; si vamos a ser cooperativos o competitivos con la gente; si les vamos a ayudar o no; nuestra tendencia a imitar a los demás y a alinearnos naturalmente con lo que los demás están haciendo en una especie de efecto de contagio. Todos estos son sistemas conectados directamente con nuestro comportamiento patente. Y esto está en total armonía con una perspectiva evolutiva porque es así cómo las cosas son seleccionadas. No tienes procesos de pensamiento o sentimientos internos que no estén influenciados por otros o que otros no vean. Esos no tienen nada que les permita ser seleccionados a través de la selección natural y presiones naturales. Todas estas cosas tienen que estar conectadas directamente con el comportamiento.
Al juntar todos estos sistemas hemos llegado a algo parecido a los sistemas de teledirección que los humanos usaron antes de comprender conscientemente lo que estaba sucediendo. (Estos sistemas) nos dieron tendencias musculares para aproximarnos o para huir, para que nos guste o no nos guste algo, para percibir a alguien como amigo o enemigo, o para poder leer la cara de alguien (las investigaciones recientes sobre nuestra habilidad para leer caras son asombrosas). De hecho somos muy sofisticados en la modalidad inconsciente –todas estas fuentes de información entrando y nosotros usándolas sin darnos cuenta de de dónde vienen o del papel de cada sistema y de la fuerza inconsciente en juego en todo lo que hacemos.
Dado todo eso, nuestras conclusiones son muy consistentes y en armonía con la biología evolutiva. Y esto no se parece nada a la psicología, que siempre ha presumido un tipo de cuello de botella de la consciencia o un “yo”, algún tipo de yo homúnculo sentado ahí, tomando todas las decisiones y decidiendo sin explicación de de dónde vienen o lo que está causando el yo o lo que está causando las decisiones conscientes. Sin embargo, enfatizar sobre lo que nuestros sistemas inconscientes hacen por nosotros, nos vincula muy fuertemente a otros organismos y a otros animales. Reciente investigación sobre primates demuestra que los primates se aproximan más de lo que pensábamos a lo que somos nosotros. Cometen las mismas falacias económicas que Kahneman y Tversky asignaron a los humanos hace 30 años.
Nuestra conexión con el mundo exterior y con otras personas es asombrosa. Tenemos la tendencia a imitarnos unos a otros; reaccionamos ante la aflicción de los demás empáticamente; sentimos dolor empáticamente como si fuese nuestro dolor, y existen estudios de imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) que demuestran estos efectos con bastante claridad.
También estamos descubriendo que estamos totalmente vinculados al mundo físico y al entorno natural. Resulta que percibimos y reaccionamos ante el mundo de manera diferente dependiendo de cómo percibimos sus dimensiones –cercanía y distancia y arriba y abajo y hacia delante y hacia atrás. Están metafóricamente relacionadas con cómo hablamos y pensamos acerca de las cosas: pensar hacia el futuro es una cosa buena; pensar hacia el pasado es una cosa mala; pensar hacia arriba es una cosa buena, cuanto más hacia arriba mejor; pensar hacia abajo, eso es malo. Me refiero a que, si lo pensamos de manera racional, estas son cosas ridículas para factorar en nuestro proceso de toma de decisiones, pero sí que tienen un efecto y éste viene de nuestra temprana experiencia con el mundo.
Estamos investigando la temprana experiencia de bebés y niños pequeños para observar cómo es su mundo antes de que tengan estos conceptos abstractos, y estamos notando que éstos son los bloques componentes de los conceptos más abstractos que luego usamos como adultos, pero que puedes activar el uno con el otro. Puedes tener sentimientos de intimidad hacia personas o sentimientos de distanciamiento hacia tu familia causados sencillamente por el hecho de que acabas de trazar dos puntos en una cuadrícula que están próximos o alejados uno del otro. La experiencia física de distancia, en otras palabras, subyace el sentimiento de distancia psicológica; el segundo concepto está construido sobre el anterior.
Así que si yo tuviera que decir qué es apasionante ahora mismo, sería esta convergencia de biología y psicología que está demostrando lo atados que nuestras mentes y nuestros comportamientos están al mundo y al mundo físico, a otras personas, a otros animales a través de nuestros sistemas cerebrales naturales y sistemas mentales de los que no somos conscientes.
Este campo de estudio –ser capaces de demostrar que las influencias inconscientes están operando y que la libre voluntad (libre albedrío) puede ser una influencia menos omnipresente sobre nosotros de lo que se pensaba- emergió con computadoras. Antes de las computadoras y de monitores con frecuencias de actualización visual realmente rápidas, no podíamos hacer experimentos sobre influencias subliminales o medir los milisegundos en respuestas, y esto nos ha permitido comprender mucho mejor la operación de los procesos mentales. Ahora tenemos pruebas bastante conclusivas –de hecho, demostrar efectos subliminales es una especie de estándar de oro de la prueba para los escépticos de que algo puede suceder inconscientemente e influirte.
La fMRI nos ha mostrado imágenes de lo que está sucediendo en el cerebro, y también nos ha mostrado importantes limitaciones en nuestros modelos –especialmente en psicología social, porque estamos trabajando con la cosa más compleja que existe, el comportamiento humano y la interacción con otras personas. Esto puede ser determinado por una multitud de mecanismos de distintos tipos: efectos del humor (bueno, malo), tu estado fisiológico, tu experiencia reciente con otras personas, tus experiencias en el pasado, tu manera de pensar. Y todas estas cosas son razones potenciales de por qué tú te comportas de cierta manera.
La fMRI y las imágenes obtenidas nos muestran que ésta o aquella reacción igual no tiene, digamos, un componente emocional porque este efecto no viene con un procesamiento emocional –las áreas responsables que normalmente se iluminan con la emoción no se están iluminando- aunque sí que parece tener un componente social. Así que podemos utilizar datos de la fMRI para limitar nuestros modelos, cosa que necesitamos –necesitamos de verdad- porque nuestros efectos están sobredeterminados, en que tenemos demasiadas razones teoréticas potenciales para explicar los efectos complejos que observamos en psicología social.
Así que tenemos la verdaderamente alta tecnología por un lado. Por el otro lado tenemos estos experimentos de muy baja tecnología –entregar a alguien una taza de café antes de preguntarle su opinión acerca de una foto- que parecen contradecir la teoría que la persona tiene sobre porqué hace ciertas cosas. Claro, todos nos aferramos a la idea de que capitaneamos nuestra propia alma. Es cierto que parece que estemos al mando, y es un sentimiento que provoca terror cuando sentimos que no lo estamos. De hecho, eso es lo que es la psicosis –el sentimiento de desprendimiento de la realidad y de no tenerla controlada, algo muy espantoso para cualquiera. Así que queremos creer que la controlamos.
Pero cuando dices a alguien que quizás no la controlamos tanto como creemos, te responde, “Bueno, ¿qué evidencia tienes?” Puedes mostrarle las imágenes del cerebro, o indicarle algún experimento que demuestra un efecto subliminal que es muy artificial y está muy desligado del mundo real. Pero esto no va a convencer a la gente, porque no parece real –por definición, nadie tiene ninguna memoria o experiencia consciente de estímulos subliminales que les afectan en la vida real. En lo referente a las imágenes del cerebro, bueno, esa es una imagen bonita, sí señor, mi cerebro iluminado y todo eso, pero es mucha inferencia pasar de eso a hacer declaraciones sobre mis pensamientos.
La respuesta de alta tecnología puede que sea la mejor, pero no es convincente para la persona promedio. También necesitas el pequeño experimento fácil –tocar una taza de café, observar algo a distancia, etc. Algo que le indique que sólo se requieren estas experiencias físicas para cambiar tus percepciones, los patrones de tu pensamiento. Estamos intentando hacer que todos estos efectos sean lo más realistas y mundanos posible.
Pero tienes que hacer ambas cosas. Si haces una y no la otra la gente te dará un millón de explicaciones de por qué tocar una taza de café te hace ser más amable con otra persona. Pero al demostrar que estos efectos suceden sin darte cuenta, estamos eliminando muchas de las explicaciones que aducen deliberación y decisiones, porque la tendencia natural es decir que no tienes estas parcialidades, que siempre controlas lo que haces en todo momento. Los experimentos tecnológicos son capaces de eliminar estas alternativas.
Todo esto ha sucedido en los últimos 30 años –ha sido un increíble cambio radical.
El libro de B. F. Skinner, Más allá de la libertad y la dignidad, me inició en la psicología. Yo estaba en el instituto en 1971 cuando apareció, y realmente atacaba cuestiones existenciales básicas. Yo flipaba con toda la movida de los 60 –yo un chaval irlandés entrenándose para ser un buen católico. La revista Time publicó una portada con “¿Ha muerto Dios?” como titular en letra grande, y fue literalmente terrorífico. ¿Dios HA muerto? Era demasiado para mí –mi visión del mundo no lo podía procesar. Entonces llega Skinner, y él también aparece en la portada de la revista Time, con la cara en azul, cuando su libro salió. Todo era muy simbólico. Aquí está este frío científico diciendo que el libre albedrío no existe (parecido a la no-existencia de Dios), y resulta que son conceptos muy relacionados.
Este fue un enorme reto para mi visión del mundo, y amenazaba el pequeño y cómodo modelito del universo que yo tenía (incluyendo la vida eterna y todas sus recompensas y todo eso). Y me motivó como científico en pañales, y sucedió que fue entonces cuando la gente empezaba a cuestionar los modelos en psicología social tales como los procesos de atribución causal –que fue como la teoría de la mente de los años 60.
Todos estaban estudiando la consciencia. Los científicos estaban investigando qué causa co-variaba con qué efecto y entonces razonaban lo que era la causa. Existía todo este pensamiento minucioso. De hecho, una persona aquí en Yale que era estudiante graduada, Ellen Langer (es profesora en Harvard desde los 70), trabajó mucho con el profesor que estaba en este mismo despacho, Robert Abelson. Trabajaron sobre “guiones” mentales y demostraron que la gente estaba, esencialmente, inconsciente durante buena parte de sus interacciones sociales.
La gente no siempre (para Langer, no muy a menudo) presta atención. Al contrario: operamos en automático y seguimos el guión. Se puede demostrar que las personas pueden hacer cosas estúpidas fingiendo estar siguiendo el guión pero luego hacen algo que no estaba en el guión –y sin embargo responden como si hubiesen estado siguiendo el guión. En lugar de responder a lo que estás diciendo, responden a lo que han asumido que ibas a decir.
Un ejemplo: alguien está sentado a un escritorio. Tomas una grapadora prestada, se la devuelves y la pones sobre el escritorio. Él o ella está asumiendo que le vas a dar las gracias por dejarte usar la grapadora, pero al contrario, lo que dices es, “No tiene grapas”. La persona sentada al escritorio responde, “De nada”. Ha operado sobre su asunción en lugar de sobre lo que en realidad se ha dicho.
Esos fueron los estudios originales que demostraron que quizás estas interacciones sociales complejas no son actividades conscientes. Después, mi asesor en Michigan, Bob Zajonc, comenzó a hablar sobre afección sin cognición. Demostró que puedes tener reacciones afectivas inmediatas ante, por ejemplo, el arte abstracto. Sabes lo que te gusta inmediatamente, aunque no seas capaz de explicar por qué.
El viejo modelo decía que observábamos los rasgos del cuadro –el color y la composición, etc.- y decidíamos cómo nos sentíamos. Pero no es así como operamos en la vida real. Sentimos esto instintivamente y decidimos estudiar estos asuntos científicamente. Pero en lugar de hacer experimentos sobre el pensamiento o discutir la filosofía de la libre voluntad, podíamos salir y ver cómo reacciona la gente. Y, en el proceso, llegamos a una pregunta aún más importante: ¿Cuán necesaria es la consciencia?
Eliminémosla. Demostremos, por indirección o por presentación subliminal o lo que quieras, que la gente puede estar siendo influenciada de todas estas maneras de las que no son conscientes, y que luego no pueden reportar. Aunque les digas que esto es lo que les hizo hacer lo que hicieron, lo negarán y discutirán contigo, que es lo que siempre hacen. Ya estábamos sobre el buen camino. Simplemente comenzamos a ver lo lejos que lo podíamos llevar, comenzando con pequeños pasos de bebé (que funcionaron), y entonces un poco más grandes, y un poco más grandes.
Ahora, 30 años después, simplemente vamos a por ellos. Sabemos que existe una alta probabilidad de encontrar influencias inconscientes que afectan nuestras decisiones, preferencias, etc. Una vez que tienes una buena razón para sospechar que existe una influencia, tienden a existir en todos los aspectos de la vida –no sólo en la simple cognición. Hallamos influencias externas automáticas en lecturas automáticas (leyendo un texto en un folio, pero también al leer las caras), al formular asunciones y formar expectativas, al controlar el comportamiento, al tomar decisiones importantes. Y sigue y sigue así. No parece haber un límite, un techo a la vista.
Así que tenemos todos estos estudios y experimentos, pero la pregunta que perdura es, ¿de dónde vienen estos efectos automáticos o inconscientes? ¿Siempre han sido innatos? ¿Genéticos? ¿Eran un producto del aprendizaje temprano?
Ahora mismo parece que el aprendizaje temprano es la respuesta y estamos comenzando a mirar por ahí. La investigación con bebés y niños pequeños, una vez comience, nos dará las respuestas. Ya hay investigaciones en marcha. Laurie Santos aquí en Yale y otros también están investigando comparaciones entre simios y monos –y descubriendo que exhiben comportamientos muy similares (efectos de disonancia cognitiva, además, ocurren también en primates y en humanos).
Así que triangulas con estas distintas líneas de investigación (los experimentos con adultos, la investigación con primates, el trabajo con los niños), y sí que converge sobre la idea de que, vale, quizás todo este razonamiento consciente no es tan necesario para producir procesos mentales superiores complejos y comportamientos sofisticados en adultos.
El trabajo sobre desarrollo temprano es extremadamente útil para informar nuestros modelos. Jean Mandler en San Diego, por ejemplo, estudia el pensamiento pre-verbal en los niños. ¿Cómo piensan los niños antes de tener palabras, antes de tener lenguaje? El modelo anterior decía que el pensamiento depende del lenguaje –tienes que tener palabras para pensar. Pero su trabajo ha demostrado que eso no es cierto.
La niñez temprana tiene que ver con analizar lo que está sucediendo en el mundo físico y esos conceptos que se están formando activamente. Pero también sirve de base para los conceptos posteriores que usamos cuando desarrollamos el lenguaje –relaciones íntimas son caracterizadas como cálidas, por ejemplo. Los conceptos abstractos que usamos como adultos en realidad están basados en estos tempranos conceptos físicos que formamos durante nuestra infancia. Hay gente que dice que estos conceptos pueden ser innatos, y quizás lo son. Pero realmente no importa para nuestro argumento –si está ahí a los dos o tres años de edad, entonces estará sin duda en los adultos.
Así que estas son cuestiones básicamente existenciales. ¿De dónde hemos venido, y adónde vamos? Y estas investigaciones en realidad hablan de eso, y por eso son importantes para la vida real. Se trata de porqué estamos aquí y qué estamos haciendo y de qué se trata la vida en realidad. Si eliminas la conexión entera (el invento cartesiano de una conexión con la glándula pineal) al alma supernatural que muchos creen que tenemos, empiezas a tomar la evolución en serio, y entonces también miras a la historia de conceptos como el libre albedrío y cómo están enraizados en la cristiandad y en los antiguos pensadores cristianos. Entonces comienzas a darte cuenta de que sí tenemos motivaciones claramente enraizadas en nuestra biología evolutiva.
Todos los organismos son deliberativos y tienen razones para lo que hacen. Nosotros también, claro. Así que no es que el libre albedrío no exista; es que la parte libre es problemática –mucha gente ve la libre voluntad y dice, “Bueno, estás demostrando que no hay libre albedrío; entonces, la gente no tiene intenciones, o voluntad”. No.
La voluntad existe, y la voluntad puede estar compuesta por una gama de factores: tu herencia genética, tu experiencia temprana en tu hogar y con tu familia, los responsables de tu seguridad, tus compañeros, las influencias culturales que nos bombardean a través de los medios y a través de la socialización con tus compañeros (y, así, lo que les gusta a ellos y lo que piensan y las creencias que vienen de sus padres). Los críos pequeños absorben todo esto como esponjas.
Así que yo no hago una división entre lo natural y lo aprendido para nada. Es decir, parte de lo que decían Ernst Mayr y los biólogos evolutivos era que estos son sistemas genéticos abiertos. Te dan una buena idea básica acerca de cómo va a ser esa vida, pero estas influencias vienen de hace 10.000, 50.000, 100.000 años. No tienen ninguna manera de “saber” cuál va a ser su papel.
A los niños los puedes tomar al nacer, moverlos a cualquier sitio del mundo, y aprenderán ese lenguaje y esa cultura como si hubiesen nacido allí. Somos totalmente transportables, lo que significa que estamos totalmente abiertos a ser adaptados a cualquier sitio en que aterricemos sin importar la gente, las normas, el lenguaje, o la cultura. Simplemente lo absorbemos.
Mucha de la investigación reciente sobre los efectos inconscientes está demostrando que es la cultura, el aprendizaje temprano y la cultura, y no la genética la que es la responsable de los efectos en los adultos. No es que la cultura sea un argumento a favor del libre albedrío o de algún tipo de agencia separada de las influencias genéticas.
Igual que los pájaros jóvenes en el Pacífico Sur que emprenden vuelos nocturnos con sus mamás y papás. Navegan con las estrellas, pero no hay manera de que ya tengan en sus cabezas un mapa del cielo nocturno, porque el cielo nocturno cambia cada 400 o 500 años según viajamos por la galaxia. No pueden tener un mapa innato para navegar. Tienen que salir y tener experiencias, pero una vez que obtienen la experiencia y observan el cielo nocturno, ya lo tienen. Con la gente pasa lo mismo.
Mi hija puede hablar inglés bastante bien para su edad. Pero hace cuatro meses no era capaz de hacerlo. Entonces, de repente, lo hizo. Yo no tuve nada que ver con ello. Me refiero, estoy seguro de que le estoy ayudando o que la familia le está ayudando, pero lo absorbió todo de repente como si fuese uno de esos pájaros absorbiendo el cielo nocturno. Y eso es lo que los biólogos evolutivos argumentaron durante mucho tiempo: la adaptación fina del organismo a su entorno (aparezca donde aparezca en el tiempo evolutivo) sucede a través de esta rápida absorción de las reglas y del estado del planeta –cuándo naces y a quién naces y con quién, y todo este tipo de cosas.
Hablando de significancia práctica, ya sabes, aún podemos ser únicos. Aún podemos tener intencionalidad y voluntad. Aún podemos ser responsables de lo que hacemos, porque somos los productos de todas estas cosas. El sistema legal tiene un problema con la idea de la falta de libre albedrío y la falta de responsabilidad personal, y eso necesita ser resuelto. Yo aún no sé cómo resolver esto. Estoy en ello, pero no veo el camino despejado: que sean las intenciones de uno las que cuentan, y no si esas intenciones eran conscientes o inconscientes. Simplemente necesitamos saber lo que es intencional o no, para cuestiones legales de culpabilidad personal.
Cualquier discusión sobre libre albedrío tiene un componente filosófico y existe mucho escrito y hablado sobre esto. Dennett es un buen ejemplo, pero existen y han existido muchos excelentes filósofos de la mente sobre este tema, y son realmente, realmente útiles. No sé si estoy de acuerdo con todo, pero realmente me ayuda, porque están utilizando la misma evidencia que yo también leo y utilizo, y a veces la leen con más escrutinio y análisis, quizás leyéndola más cuidadosamente, de manera más lógica, en ciertos puntos. Puede existir un distinto nivel de análisis sobre el estado conceptual lógico de estos modelos y estas teorías, y nosotros en el lado experimental y científico necesitamos realmente prestar atención a su trabajo.
Al mismo tiempo, recientemente, algunos psicólogos sociales han dicho, “¿Por qué sacar conclusiones sobre el libre albedrío? Es un tema que ha sido debatido y analizado durante mil años o más por los filósofos. ¿Y qué vamos a aportar a este largo debate? ¿Por qué no nos olvidamos y dejamos de hablar de ese debate?”
Y yo digo no, no, no. Por primera vez tenemos métodos, tenemos computadoras y dispositivos que podemos usar para estudiar estas cosas científicamente de maneras que no existían durante los últimos 1.500 años. También hemos notado que es posible que –y lamento tener que decir esto a los filósofos- no podamos fiarnos de los experimentos del pensamiento, porque sólo son simulaciones basadas en usar el mismo sistema que tiene todas estas predisposiciones y preferencias incorporadas. La preferencia por ciertas conclusiones sobre otras va a ser impulsada por sentimientos, marcadores somáticos, etc.
Bien, estos sentimientos pueden estar llevándonos por mal camino porque estamos siendo motivados a tener ciertas creencias acerca de nosotros mismos y creencias acerca del mundo. Quizá no nos demos cuenta de que el sentimiento de que algo es bueno versus malo viene de nuestras preferencias existentes para creer ciertas cosas sobre otras a no ser que todo pueda ser expuesto de manera muy lógica y transparente. La experiencia tiene que estar ahí de contrapeso, y eso es lo que la ciencia psicológica y cognitiva puede proveer.
Aún existen áreas sustanciales de ignorancia en nuestro campo que han estado ahí durante mucho tiempo, y puede ser un problema muy difícil de resolver. Conocemos todas estas diferentes influencias -los efectos de los colores, de la temperatura, o el efecto de los demás integrantes de nuestro grupo social, etc. Bien, ¿cómo interactúan? ¿Cómo se integran? ¿Y si no sugieren las mismas cosas? No nos sentimos paralizados por estas cosas cuando sugieren diferentes cursos de acción. De alguna manera estos conflictos se resuelven sin nuestra consciencia. A veces pasan a nuestra consciencia.
Ezequiel Morsella, profesor en San Francisco State, tiene un maravilloso estudio en Psychological Review de hace un par de años sobre las funciones de la consciencia, y ofrece el ejemplo de llevar una cazuela caliente del horno a la mesa sin guantes. Tus manos se queman, y quieres soltar la cazuela. Pero al mismo tiempo, no quieres causar el desastre.
¿Cómo resuelves este conflicto? Él arguye que cualquier cosa que tenga que ver con tejido físico y músculos físicos, cualquier conflicto a ese nivel pasa a la consciencia, y lo resolvemos a través de la consciencia. Pero muchos de estos otros conflictos que no tienen que ver con músculos físicos u óseos los resuelven procesos naturales de los que no somos conscientes. ¿Cuál es la jerarquía de dominancia detrás de la consciencia? ¿Qué preferencia o efecto domina al otro cuando entran en conflicto, por ejemplo, o se fusionan de alguna manera?
Un ejemplo: Tu amigo ha dado una charla y te pide tu opinión. Quieres ser honesto y contarle la verdad, porque es una charla sobre el trabajo. Al mismo tiempo, no quieres desmoralizarle siendo demasiado crítico. Tienes este estrecho camino sobre el que caminar entre ser un amigo y ser preciso y objetivo –sus sentimientos importan, pero también importa su actuación. ¿Cómo navegas entre este tipo de conflictos? No sabemos casi nada sobre estas integraciones.
Mientras hallamos más y más de estos pequeños conflictos, cómo van todos unidos y cómo producen comportamientos en tiempo real, de momento a momento, permanece siendo un significante tema desconocido.
Cuando la gente se entera de nuestro trabajo a través de artículos, documentales, etc., a menudo se sienten trastornados por nuestras conclusiones. Algunos sufren crisis existenciales. Se preguntan “¿qué sentido tiene la vida?” si no se tiene libre albedrío, y ¿qué significa libre albedrío de entrada? Yo no tengo una buena respuesta para eso, pero ya no me molesta demasiado. No tengo muy claro por qué no me molesta, sin embargo, y necesito averiguarlo, explicarme mi propia resolución interna, porque esta cuestión básica me molestó durante años, aunque ya no me molesta.
Pero hay otra pegunta que es más pragmática y creo que es una pregunta maravillosa: “Si todas estas cosas están sucediendo sin yo saberlo, entonces en realidad no sé por qué estoy haciendo lo que hago, y aparentemente, en realidad no me conozco muy bien. Así que, ¿cómo puedo tomar decisiones correctas o escoger la acción correcta para mí cuando todas estas predisposiciones están desviando todas mis decisiones por todos lados?”
Esto tiene una solución sencilla, que me gusta a mí y parece que a la gente también le gusta. Consiste en preguntar a tus amigos, a tu familia, preguntar a las personas que te conocen bien, sobre ti mismo. No temas tener que escuchar lo que te van a decir. Diles que te digan la verdad, porque ellos te conocen, y de muchas maneras mejor que tú te conoces a ti mismo.
Eso es lo más divertido de todo esto. Resulta que conocemos a otras personas bastante bien. Somos mucho mejores a la hora de adivinar el comportamiento de los demás que el nuestro, y Emily Pronin de Princeton, cuya investigación se enfoca sobre este asunto, nos ofrece un excelente ejemplo de cuando estaba tratando de decidir a qué universidad iba a ir para sus estudios de postgrado.
Acabó yendo a Stanford, pero tenía (así lo creía) otras opciones. Y mientras estaba decidiendo entre todas estas excelentes universidades, y estaba pensándoselo bien y consultando con sus amigos, y preguntándose, “Oh, ¿adónde voy a ir a estudiar? Sólo tengo un día para decidir”: Y todos le dijeron, “Por favor. Vas a ir a Stanford”. “No, no voy a ir allí”, decía ella, “eso aún no lo sé. Aún no me he decidido… ¡de veras!”
Así que acabó yendo a Stanford, y sus amigos de dijeron, “¿Ves? Lo sabíamos”. Pero cuando ella estaba en esa situación de decidir, con la caldera llena de todas esas cosas conflictivas, no era capaz de decidirse. Sus amigos la conocían desde fuera, sin todo ese ruido interno. Ellos no tenían las predisposiciones sobre ella misma que ella tenía, y tampoco tenían acceso a esa caldera interna suya. Podían verla tal como era y sabían (mejor que ella, al menos de manera consciente) lo que iba a hacer.
Existe mucha investigación en este campo (Tim Wilson en Virginia y David Dunning en Cornell han estudiado el fenómeno durante varios años ya); somos mucho más exactos a la hora de predecir el comportamiento de las demás personas de lo que somos al predecirnos a nosotros mismos. Todas estas cosas que están sucediendo en nuestro interior nos entorpecen, y especialmente las ilusiones positivas que tenemos sobre nosotros mismos.
Pero de veras, si peguntas a la gente a tu alrededor, puede que obtengas una mejor noción sobre ti mismo. Lo que está ahí fuera es la verdad. No es que sea algo desconocido y que no seas jamás capaz de conocerte debido a todas tus predisposiciones. La gente a tu alrededor lo sabe. Es la respuesta sencilla y parece funcionar.