El DRAE dice que la ciencia es un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales”. A mi me parece que a esta definición le falta algo importante. Crucial.
En inglés [Science: The observation, identification, description, experimental investigation, and theoretical explanation of phenomena (Houghton Mifflin)] está claro que el énfasis está en las palabras description y explanation. Es decir, la ciencia no es simplemente observación y deducción sino, especialmente, comunicación.
Para que estos conocimientos sean útiles, para que estos fenómenos sean comprensibles, debe existir un vehiculo funcional para comunicarlos con exactitud y facilidad. En este proceso de comunicar la ciencia, el idioma es la clave. Y en esta clave, el español es un idioma disfuncional. Es disfuncional precisamente debido a su inexactitud, su laberíntico sintaxis, sus ilógicos patrones cognitivos. Es como si el español estuviese diseñado para... otras cosas. Hipérbole, poética, grandilocuencia, yo qué sé. ¿Campanilismo?
En muchas ocasiones, entrevistando a científicos españoles que residen y trabajan en el extranjero, al abordar temas que requieren cierto nivel de exactitud y de precisión, hemos tenido que pasar al inglés, para poder entendernos. Luego, yo he tenido que intentar reconstruir estos fragmentos en español, y nunca es fácil. A veces es francamente imposible. La terminología no existe. El concepto no es traducible. No funciona. ¿Por qué? Sospecho que se debe a que alguien (¿las RAEs?) no ha hecho su trabajo. Porque con el debido esfuerzo, con una especie de revolución memética, el español podría dejar de ser vago e impreciso y convertirse en un verdadero idioma científico.
“La carencia de terminología científico-médica en una lengua no solo constituye una grave mutilación de la misma sino, lo que es sin duda más importante, la propia mutilación de la cultura a la que dicha lengua sirve y representa. Creo, por tanto, que un idioma sin términos científicos es un idioma mutilado y que la continua incorporación de anglicismos, al lenguaje científico médico, constituye una de las mayores dejaciones culturales de nuestro tiempo, a la que tenemos que poner coto cuanto antes, si no queremos que la invalidez de nuestra lengua sea la expresión formal de una cultura sin respeto ni respaldo”, dice, acertadamente en mi opinión, Antonio Campos, Catedrático de la Facultad de Medicina de Granada y Académico de Numero de la Real Academia Nacional de Medicina, en su ensayo titulado El idioma español en la ciencia y en la salud.
Necesitamos adoptar la actitud americana de good enough ain’t nearly good enough, en la ciencia y en la comunicación, y dejar de ofrecer excusas cojas e ignorantes. El idioma existe para cambiarlo cuando no funciona, para mejorarlo. Parece que en España el idioma es como la religión: inamovible, intransigente y reaccionario. Pensamiento basura, vaya.
“Desde hace varios años vivimos en un planeta que está dominado, en gran medida, por la economía, la ciencia y la tecnología e incluso la cultura de Norteamérica. Es un planeta norteamericano. La predominancia del inglés es grande, pero en el lenguaje científico es prácticamente total, y cada vez más”, dice Gerardo Delgado Barrio, presidente de la Federación Iberoamericana de las Sociedades de Física y vocal ex presidente de la Junta de Gobierno de la Real Sociedad Española en Física y el idioma español.
“Un elemento esencial en la importancia del inglés como lengua científica, e incluso como lengua, es la inversión que hacen los países que utilizan este idioma en
ciencia y en tecnología. El apoyo a la investigación en todos los países que hablan español y el apoyo a la colaboración entre ellos, sin duda, será un factor determinante del futuro de nuestro idioma en la ciencia. En la medida en que vivimos una irrupción de la ciencia en la cultura popular, será un factor esencial en la salud del español en el siglo XXI”, agrega Delgado.
Una de la mayores dejaciones culturales de nuestro tiempo. ¿Quién se responsabiliza? ¿Nadie, como siempre? Esta es la batalla que los españoles debemos librar, para cambiar nuestro idioma y adecuarlo a la realidad, hacerlo más ágil, más exacto, más preciso, más competente, más competitivo… y olvidarnos de esas memeces lingüísticas tan del siglo XVI que suenan muy bonitas, pero que son absolutamente obsoletas, denotan laxitud intelectual y perpetúan el típico pensamiento basura. Evolucionar o morir, ese es el reto.