Publicado en El Boletín.
Cuando la teoría macroeconómica choca con el comportamiento económico humano, los episodios cíclicos irracionales de boom-bust son inevitables. Estamos en uno de ellos. El llamado test of the Marketplace se convierte en una broma sin gracia, y la avaricia hace que la gente (toda la gente) haga mangas y capirotes a la regulación y se aproveche mientras pueda hacerlo. Este fenómeno traspasa fronteras y culturas, clases y razas, ideologías y religiones.
Todo esto tiene más que ver con la ciencia empírica de la naturaleza humana (y homínida), de la codicia y las falacias cognitivas, que con el llamado “sentido común”. Es decir: “Todo el dinero es cuestión de creencias”, como dijo Adam Smith. Y las creencias se basan en una desconexión entre el deseo y la realidad. Entre palabras bonitas y motivos ocultos.
Quizá por todo esto, el presidente Barak Obama ha propuesto la creación de una Agencia de Protección de Consumidores Financieros, para asegurar transacciones más sencillas, transparentes, honestas y accesibles, y ha nominado a Cass R. Sunstein como director de la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios de la Casa Blanca. Algo así como el “zar de la regulación”.
Los conceptos que contiene la nueva iniciativa de Obama están basados en ideas expuestas por Sunstein y Richard Thaler, profesores en Harvard y la Universidad de Chicago respectivamente, en un reciente libro cuyo título puede traducirse como “Impulso: Cómo mejorar las decisiones sobre salud, riqueza y felicidad”. [Nudge: Improving Decisions about Health, Wealth, and Happiness (Yale University Press, 2008)].
Sunstein y Thaler son expertos en comportamiento financiero, que integra la investigación científica sobre factores sociales, cognitivos y emocionales, para comprender las decisiones económicas en el Marketplace y sus efectos sobre precios, resultados, y asignación de recursos. Las investigaciones de Thaler y su equipo fueron fundamentales para el Permio Nobel en Economía que obtuvo Daniel Kahneman en 2002.
“A menudo la gente toma decisiones lamentables, y ¡luego se sorprende al saber que lo ha hecho! Hacemos esto porque como seres humanos somos susceptibles a una amplia gama de parcialidades rutinarias que nos pueden llevar a una gama, igual de amplia, de errores embarazosos en temas de educación, finanzas personales, servicios de sanidad, hipotecas y tarjetas de crédito, la felicidad, y hasta el planeta en sí”, dicen en el libro.
El concepto es bastante simple. Las regulaciones siempre han sido elaboradas por políticos, abogados y otros “expertos” que se basan en lo que les “suena razonable” en términos de comportamiento económico y político, pero que fallan a la hora de la verdad porque el dinero se basa en creencias mucho más que en la razón (como dijo Smith). Las actitudes ante el riesgo financiero a veces provocan una serie de decisiones basadas en disonancia cognitiva capaz de desencadenar un frenesí de expectativas irracionales que acaban mal. Siempre va a haber alguien que conoce bien la naturaleza humana y se aprovecha sistemáticamente de la credulidad de los desprevenidos distorsionando la realidad. Y seamos serios: en términos económicos y de toma de decisiones financieras, la mayoría de la gente somos inocentes en manos de unos cuantos listillos. Ya era hora de que esto se reconociera abiertamente, ¿no?
Y después de reconocerlo será necesario educar a los consumidores de manera clara y explícita, y demandar que los bancos y los prestamistas ofrezcan a sus clientes todas las posibilidades en el mercado bajo una “arquitectura de opciones” transparente y comparativa. Esto es precisamente lo que proponen el presidente Obama y su equipo.
Ahora sólo haría falta que los legisladores y abogados por todo el mundo se empeñasen en formular una serie de derechos y responsabilidades financieras realistas, con consecuencias disuasorias explícitas para los que abusan de la naturaleza humana para forrarse de manera ilícita. Pero esto no lo podrán hacer desde la ideología y los intereses partidistas o privados, sino basándose en conceptos empíricos. Se tratará, en efecto, de comprender la naturaleza humana para neutralizar sus efectos negativos en términos sociales. Esperaré sentado.