España es un país entrañable. Foco de una cultura francamente fascinante, gracias a su historia y sus idiosincrasias, su impacto sobre el resto del mundo es asombroso. El problema es que España no sabe relajarse; se toma demasiado en serio, sus asuntos y sus dilemas son siempre cuestiones de vida o muerte.
Es esa pasión, esa extraña "furia" la que hace que España pinte en la conciencia global como un enigma tenso, peligroso, volátil. España es un gigante dormido, como dijo Napoleón a sus generales, según Thiers en El consulado y el imperio. (Mi padre tiene una de las pocas existentes traducciones originales en español. Dieciocho volúmenes.) No la despertéis.
Si despertáis a España, despertáis al gigante que creó el primer imperio global, una mezcla de gentes que, por suerte, por accidente, acabaron en la península y, usando la ciencia y la tecnología punta de la época, construyeron un enigma casi incomprensible.
Incomprensible porque hablando con un ladino de Thessaloniki, por ejemplo, alegremente te habla de la expulsión de sus antepasados, en un castellano de entonces, y te muestra la llave de su casa en Toledo, donde un pariente trabajó hace mil años como traductor. Digo por ejemplo. Yo he conocido a judíos en USA con apellidos como Abrabanel, a palestinos con apellidos como Bin Yashrot, todos vinculados a aquélla España, a aquél enigma.
Sin embargo es curiosísimo cómo ésta península entre África y Europa, una tierra conocida y amada por gentes de todos los tiempos históricos, vive en una especie de limbo, insegura de si misma, ansiosa, perpleja, incierta de su propia identidad. Es la España de hoy.
Pero la España de hoy tiene un futuro también fascinante, porque es una nación que, si despierta, es capaz de aportar al mundo sorpresas impredecibles, logros incuestionables.
Y esa esperanza es la que hace que un grupo de personas sin ánimo de lucro ni de notoriedad se embarquen en una iniciativa llamada Cultura 3.0. Esta iniciativa pretende demostrar que España no sigue amodorrada, que está viva y tiene algo que decir, sin injuriar a nadie, sin las pasiones que tan caras nos han costado en el pasado.
España es un país moderno, con científicos, pensadores, gente decente y consecuente. Es un país en transición, pero con un futuro prometedor y por el cual merece la pena luchar. Sonará ingenuo. Más que a nadie a nosotros, los españoles. A los de fuera les suena estupendo.
Vamos a ser intransigentes apoyando lo que creemos ser justo y honesto. No nos vamos a acobardar. Pero nuestra intención se basa en el respeto y en la decencia. Eso sí, con mucha crítica saludable y constructiva. Que venzan las mejores ideas.